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¿Inversión social o gasto? – Editorial

Las dificultades de un tránsito organizado

12/09/2019.- A casi un año de la nueva gestión en la ciudad de Frías uno podría preguntarse si aquellas banderas sobre vialidad y prevención de tránsito, han dado el fruto que se buscó, o si simplemente, se acercaron un poco a lo prometido.

Antes de comenzar su nuevo periodo, el intendente Aníbal Padula anunciaba un riguroso control y cuidado de aspectos viales, no sería demasiado complejo poner sobre la mesa los controles de rigor, como los dispositivos basados en regulaciones por parte de los policías de tránsito, nuevas y funcionales señalizaciones, sendas peatonales, y concientización mediante fuertes campañas precautorias. Sumado el deterioro de las cuentas públicas como impacto de las políticas nacionales, cada control vehicular resulta en un gasto de las cuentas públicas muy difícil de compensar.

Pero el problema no radicaría en los gastos, si como ciudadanos, aprendiéramos a asimilar las normas establecidas. Ignorar las señales de los semáforos y el fin de las sendas peatonales, la creciente temeridad de la circulación de vehículos sin luces, y los potenciales desacuerdos sociales como transitar en contramano, y la no utilización del casco, no pueden dejar como resultado más que daños, tanto a particulares como a la comunidad.

De esto puede verse una batalla desigual contra una cultura que (al parecer) no deseamos desarraigar.

Como sociedad contamos con suficientes antecedentes, daños, e historias, como para hacer de los accidentes de tránsito un viejo recuerdo al que evitar.

Sin embargo, hoy podemos establecer como una realidad, que nos importa más trasladarnos como sea, más allá del respeto que merecen los espacios públicos y los demás. Más aún, cuando el municipio se ha encargado de abastecernos de los elementos de rigor para que, como sociedad, los siniestros viales se redujeran notoriamente.

Tengamos en cuenta la distinción entre los accidentes por falta de infraestructura, semaforización, iluminación y controles eventuales de los siniestros, basados en el descuido o los incumplimientos. Sin olvidar poner sobre la mesa cuestiones más profundas como las “advertencias” sobre los puntos donde se llevan a cabo los operativos y la contrainteligencia de cadenas y mensajes que no hacen más que volver estériles las inversiones del municipio.

En este punto, y como sociedad tristemente experimentada (contando daños, heridos y muertes), debemos reflexionar sobre cuál es el ejercicio ciudadano que debemos practicar. ¿Cuál es el beneficio de exigir mayor inversión en semáforos, lomadas, sendas, controles y mantenimientos si cuando dicha exigencia se nos materializa preferimos no respetar los preceptos, eludir las normas y las reglas de convivencia para las que están pensadas? ¿No volvemos aquella inversión un simple gasto? ¿No estamos tirando al tacho tiempo, esfuerzo y dinero?

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