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A 20 años de la masacre de Ramallo: el estremecedor relato de la única sobreviviente

Un “fusilamiento”con 200 balas policiales

17/09/2019.- El sábado 14, a las dos de la tarde, Flora Lacave tuvo 39 grados de fiebre, pero con las pocas fuerzas que le quedan, se levanta de la cama, sale al jardín y corta cinco claveles amarillos. Las flores que le gustaban a su marido Carlos Chávez. Ayer lunes se las llevó al cementerio, aunque el médico le hubiera ordenado reposo por un estado gripal que la tiene a maltraer desde el jueves.

«He superado cosas peores», dice Lacave, desde Lincoln, a Infobae. Y es verdad: la madrugada del 17 de septiembre de 1999, un policía estuvo a punto de matarla. Supuestamente por error.

–¡Rematá a este hijo de p***! –escuchó ella, que estaba herida.

–¡No, pelot***! Es la señora –advirtió otro policía.

-Entonces sacala y tirala al piso.

Horas antes, Martín Saldaña, uno de los delincuentes que la había tomado como rehén en el Banco Nación de Ramallo junto a su marido, Carlos Chávez, gerente de la sucursal, y el contador Carlos Santillán, le propuso a sus cómplices Carlos Martínez y Javier Hernández, matarla y luego tirar el cuerpo ante la cara de los más de 200 policías que rodeaban el Banco. Pero Flora se salvó.

La otra prueba milagrosa de su supervivencia ocurrió cuando los ladrones salieron con los rehenes en un Volkswagen Polo y unos 50 policías, entre ellos francotiradores, los fusilaron. Las balas mataron a Chávez (que llevaba panes de trotyl en el cuello), a Santillán y al ladrón Hernández. Saldaña resultó ileso y Lacave resultó herida pero se salvó porque la bala que le rozó la cabeza antes había partido en dos al brazo del delincuente Martínez.

El auto, en su breve recorrido de 37 segundos, recibió 48 impactos.Y se dispararon 200 balas. Sería un lugar común decirlo, pero en este caso, ni Quentin Tarantino imaginó una escena tan desproporcionada: ladrones y rehenes en un auto y un pelotón de fusilamiento en una calle de pueblo.

Horas después de la matanza, Saldaña apareció ahorcado en una celda, aunque tiempo después los peritos dictaminaron que fue un homicidio. Y Martínez murió en 2012 en un accidente de moto.

La única sobreviviente fue Lacave, hoy de 74 años.

Por las heridas, la internaron y esas horas fueron un calvario para ella. Tenía heridas en las manos y en las piernas. Como pudo, se arrodilló en la cama y le rezó a su marido asesinado y a su madre muerta. Esa misma imagen la soñó una de esas noches: la diferencia era que aparecía la voz de su marido para calmarla: «Mami, va a estar todo bien. Solo cuidá a los chicos».

Había vivido el terror de una toma de rehenes que duró 20 horas y una masacre televisada que dejó secuelas.

Flora se enojó con Dios, hasta que las charlas con el sacerdote Mamerto Menapacce la convencieron de esa creencia que sentía hecha añicos, como ese auto al que iba al volante su marido.

Por esos días en que apenas podía declarar, Flora no quiso ver fotos de su marido. Intentó imaginar su cuerpo, su cara, su voz, pero no pudo. Los contornos del hombre que amaba y sigue amando desaparecían. Hasta que volvió a soñarlo. Estaban en una habitación. Él la abrazaba y le daba un beso, como la última vez que lo hicieron, en ese banco transformado en un infierno con dinero y amenazado por policías y ladrones.

-Fue tan vívido el sueño que siento que fue real. En el abrazo sentí hasta el olor a tabaco que siempre llevaba en su traje. Y sentí el calor de sus besos. Cuando desperté pensé que iba a encontrarme con él. Todavía pienso que voy a encontrarme. ¿Será locura?

-No, es amor.

-A veces estoy en casa y siento que me tocan de atrás y me doy vuelta y no hay nadie. Es algo que él solía hacer. Pasar y tocarme la cola, con más cariño que sensualidad. ¿Será una señal?

-¿Qué recuerda de ese día nefasto?

-Por empezar, no puedo creer que pasaron 20 años. Ahora me cuesta hablar porque estoy muy movilizada y tengo mucha fiebre.

-¿Tomó algo?

-Me cuesta salir a la calle porque estoy débil, y no quiero decirles a mis hijas porque sé que me van a decir que me quede descansando y no vaya al cementerio, en Lincoln, donde vivo. Pero necesito ir, necesito llevarle las flores amarillas que tanto le gustaban y que siembro para él.

-Cambió su vida ese día en Ramallo…

-Mi vida cambió definitivamente ese oscuro día. La noche anterior nos quedamos jugando al Family Game hasta la una de la madrugada, en casa. Antes yo le había preparado la cena. A las siete AM sonó el despertador. El sol entraba por la ventana. Él se levantó y se duchó. Y se fue. Desde afuera escuché gritos. Salí y veo a hombres encapuchados. Yo estaba en camisón, así nomás. «Venite conmigo», me dijo uno de los delincuentes. «Mi hijo querido, no puedo salir así, me tengo que cambiar». «Vení conmigo o te vuelo la cabeza». Cuando entré al banco, a las 8 de la mañana, mi marido tenía explosivos en el pecho.

-¿Sigue pensando que todo se trató de algo político?

-Sí. Algo había, no sé si quiero enterarme. Pero era época de elecciones. Los ladrones trabajaban para la Policía. Pienso que los policías nos tiraron a matar porque pensaron que sabíamos algo. Puedo decir que estuve más segura adentro del banco, con los ladrones, que afuera, con los policías.

-¿Y qué podían saber ustedes?

-Nada. Los delincuentes siempre decían que iban por el dinero. Nunca mencionaron documentación o una valija con contenido político, como se dijo.

-Un ladrón quiso matarla, se salvó de las balas policiales, entre ellas proyectiles de FAL, y un policía quiso rematarla. ¿A qué lo atribuye?

-Ahí sí que tengo que pensar que Dios me quiso viva. Y de hecho me salvó una bala porque antes la desvió el brazo de uno de los ladrones. Y cuando empiezan los tiros, porque todo fue una locura, vi que estaban tirando por el lado del conductor, el auto lo manejaba Carlos, y para que no lo mataran me abalancé, pero le entraron dos balas y escuché que dijo: «Hijos de p***, me dieron». Un perito me dijo que eso era imposible porque la primera bala fue mortal, pero yo lo escuché. No lo aluciné. Vi el momento en que moría y él deslizó las manos del volante y se desplomó. Me tendrían que haber matado a mí. Vi la bala cuando fue hacia él, tenía la cara calentita, pensé que estaba vivo y lo acaricié. En el banco, a un ladrón –Carlos Martínez- le dijo que si a él le hacían algo, les iba a pedir que cumplieran la promesa de volarme la cabeza.

-Después del horror, ¿volvió a andar en auto o a entrar en un banco?

-Me llevó tiempo, pero sí. El drama es en las fiestas. Escucho el estallido de los petardos y me dan ganas de escapar. Confieso que hoy entro en un banco y miro para los costados.

El peor día

Aquella madrugada del 17 de septiembre de 1999, la voz del policía había dejado de resonar como un tormento en los comensales que comían y bebían en un bar situado a una cuadra del lugar de los hechos. «En cualquier momento se arma quilombo», había dicho el uniformado a los periodistas que cubrían la toma de rehenes en el Banco Nación de Villa Ramallo.

Todo había comenzado a las 8 de la mañana, cuando tres asaltantes –otros dos se habrían fugado antes de entrar o desistieron porque eran de apoyo externo- aprovecharon la entrada de un correo para ingresar al banco antes de que comenzara la atención al público. Quedaron encerrados en el lugar. Allí tomaron cautivos al gerente de la sucursal, Carlos Chávez, su esposa, Flora Lacave, y el contador del banco, Carlos Santillán. El empleado del correo fue liberado.

«Si atacan al banco va a morir mucha gente, estamos jugados, nos vamos con la plata o nada. A la cárcel no volvemos», dijo uno de los maleantes.

El negociador de la policía era Pablo Bressi, tiempo después jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires en una parte de la era de la gobernadora María Eugenia Vidal.

La tensión iba en aumento: los celulares policiales estaban atravesados en la calle y los francotiradores en posición de tiro. Era la época en que el por entonces gobernador bonaerense, Carlos Ruckauf, hablaba de meter bala a los delincuentes. El juez del caso era Carlos Villafuerte Ruzo.

Pero esa noche eran las cuatro de la mañana, y pese al aviso policial de la inminente matanza, no había pasado nada. Hasta que desde el bar, los periodistas y fotógrafos escucharon gritos y balazos y esos hombres y mujeres salieron como eyectados con sus vasos en la mano.

Uno de ellos era Jorge Larrosa, uno de los enviados de Página/12 junto a Horacio Cecchi, autor de Mano dura, un libro de la masacre. Larrosa nunca dejó de sostener su máquina de fotos. En la corrida se chocó con un hombre que llegó a fotografiar y en ese momento de cámaras analógicas no supo qué era y qué llevaba, pero esa imagen sería clave en el caso.

Al llegar al banco, los fotógrafos y periodistas se encontraron con la masacre consumada: o parte de la masacre, porque si no fuera por la presencia de la prensa, hubiera habido más muertes. Las víctimas estaban tiradas en el suelo. Entre ellas, con vida, estaba Flora Lacave, a quien un policía le apuntaba para matarla. Larrosa levantó su cámara, pero otro policía le puso el arma en la cabeza y le dijo: «Correte».

La luz de una cámara nunca fue más oportuna: interrumpió la oscuridad impune de los efectivos.

En el fusilamiento asesinaron a Chávez, al contador Santillán y al ladrón Hernández. Lacave se salvó milagrosamente. A Martínez lo hirieron en un brazo. Lo condenaron y se mató en una moto cuando gozaba de salidas transitorias. Saldaña, el único que no tuvo ni un rasguño (llevaba chaleco antibalas), fue asesinado en su celda. ¿Por qué la Policía quería callar a todos los protagonistas de la toma de rehenes, sean victimarios o víctimas?

Uno de los indicios fue la foto que sacó Larrosa y develó uno de los mayores enigmas de la matanza. Era un eslabón que llevó a sospechar que la Policía había liberado la zona para que robaran el banco, pero como las cosas salieron mal, tuvieron que disfrazar la trampa de masacre.

Entre los condenados estuvo el cabo primero del polémico Comando de Patrullas de San Nicolás, Aldo Cabral, la cara policial visible en la banda de delincuentes. El uniformado conocía los movimientos policiales. Entregó el handy Yaeschu modulado con la frecuencia policial VHF 159.455, a través del que se dieron garantías a los asaltantes para que se fugaran sin riesgos. Hasta diseñó el mapa del banco.

¿Quién era el hombre que retrató Larrosa en plena corrida, entre tiros, gritos y la muerte pisando los talones? Ese hombre era el cabo Alberto Castillo, del Comando Radioeléctrico de San Nicolás. De acuerdo con una nota de Horacio Cecchi, «llevaba el bolso donde los asaltantes habían ocultado la prueba clave: el handy utilizado por Saldaña y su banda para comunicarse con otro handy que estaba en manos del Comando Radioeléctrico, como lo reconoció el segundo jefe de esa unidad, el oficial principal Jorge Ayala. Resulta difícil imaginar cómo las relaciones entre los tres acusados puedan haber pasado inadvertidas para la superioridad».

Larrosa declaró en el juicio, aportó la foto, fue amenazado de muerte en 2000 y su acto de esa noche quedó quizá un poco tapado por su otro oficio: fue letrista de Andrés Calamaro en sus canciones delincuenciales. El ex líder de Los Rodríguez y ex miembro de Los Abuelos de la nada lo bautizó «El héroe de Ramallo» y luego lo cambió por «El poeta de Ramallo». Y juntos compusieron una canción a partir de la vida en peligro de Larrosa a raíz de ese cruento episodio, llamada «La amenaza de las bestias», aún inédita.

La masacre tuvo consecuencias políticas: provocó la renuncia del ministro de Seguridad y Justicia bonaerense, Osvaldo Lorenzo, tras 45 días en el cargo, y el por entonces gobernador Eduardo Duhalde, que aspiraba a la presidencia, disolvió el grupo GEO (Grupo Especial de Operaciones). En época preelectoral, el caso entró en escena.

Mientras ocurrían los asesinatos, el gran cronista Ricardo Ragendorfer seguía las alternativas desde el punto de vista de la hija del gerente. «Betina supo con certeza qué estaba pasando. En ese instante la radio transmitía avisos y en el estudio todos guardaban silencio. Los tiros sonaron muy cerca, y ella, tapándose los oídos con las manos, en un vano intento de preservarse del horror, rompió en un llanto tan profundo como desgarrador: ‘ Esos son los tiros que están matando a papá’«, escribió.

Hubo dos juicios: uno en 2002 y el otro en 2004, para separar las responsabilidades de la banda y de los policías. El Tribunal Federal Oral número 1 de Rosario, integrado por los jueces Omar Paulucci, Laura Cosidoy y Santiago Harte, condenaron a los delincuentes y a los policías. A Carlos Martínez le dio 24 años. Al resto de la banda, que apoyó desde afuera con la logística: Mónica Saldaña -hermana de uno de los ladrones-, a 14 años, y Norberto Céspedes, Raúl Mendoza y Silvia Vega, a 13. Los policías condenados: el ex suboficial principal de la Bonaerense, Oscar Parodi (20 años); el ex sargento del GEO de Zárate-Campana, Ramón Leyva, (18 años); el ex cabo Carlos Aravena (10 años); y los ex cabos Ramón Sánchez y Sergio Susperreguy (6 años); el ex sargento Sergio Garea y el ex comisario inspector Nicolás Isaías (2 años).

Acevedo declaró que la idea era robar dinero para comprar campos, sembrar soja, viajar a Brasil y adquirir departamentos. «Yo no entré en el banco. Pero la idea no era matar a nadie, les pido perdón a los familiares de las víctimas», dijo.

El caso, además, sentó un precedente y generó que se cambiaran los protocolos ante una toma de rehenes. Se recurrió a la reglamentación internacional. Es decir, ante una situación similar, lo primero fue preservar la vida de las víctimas. «Sin ese desgraciado suceso, no hubiésemos podido planear el asalto tal cual fue», dijo Fernando Araujo, el líder del robo del siglo al banco Río de Acassuso, ocurrido el 13 de enero de 2006. De hecho, Luis Mario Vitette, ante el negociador del Grupo Halcón, le advirtió (aunque era una simulación): «No queremos otro Ramallo». Los ladrones de esa banda leyeron el nuevo protocolo y por eso decidieron robar ese banco, del que huyeron en dos gomones y con alrededor de 20 millones de dólares.

La sobreviviente que no olvida

Flora Lacave nunca olvida que antes de que todo terminara en un fusilamiento, en el banco le dijo a su marido:

-Papi, no sé qué va a pasar, pero pase lo que pase tenés que saber que te quise mucho, que te quiero mucho y que fui feliz.

-Yo también mami, pero no va a pasar nada -le respondió él, la besó y la abrazó.

Tampoco olvida que vio el momento en que la bala mató a su marido, y lo acarició pero él se desplomó. Y después de las balas, no olvida que sobrevino el silencio, un silencio extraño que quizá fue la muerte, porque a los pocos segundos la mujer estuvo a punto de ser asesinada por un policía.

Antes, en la toma de rehenes, el delincuente Carlos Martínez quiso matarla y tirar su cuerpo a la Policía.

No olvida que la noche anterior se rió mucho con su esposo. Él había comprado una Family Game y le enseñó a ella a jugar. Lo que más los divirtió fue un juego donde los protagonistas podían morir a tiros. «Y a él lo mataban a cada rato y yo en broma le decía que le podía dar las vidas que me sobraban, lo vivo como un presagio. No sabés cómo le disparaban esas armas del jueguito y Carlos despotricaba contra las lucecitas. Y al día siguiente…», declaró a la revista Gente.

En un sueño, como quedó dicho, su marido le pidió que cuidara a sus cuatro hijos. Hoy todos ellos siguieron los pasos de su padre. Trabajan en un banco. A Flora les dieron nietos. Una manera de volver a vivir.

-No están acomodados. Pedí que les tomaran examen y que quedaran los que realmente estaban capacitados para cumplir esa función –dice Flora.

-Intentó matarla un ladrón, otro le salvó la vida involuntariamente, de milagro ninguna de las 200 balas la mató y, como si fuera poco, estuvo a punto de ser masacrada por un policía mientras usted estaba en el suelo –le preguntó Infobae.

-Si pasé por todo eso y salí con vida, hasta diría fortalecida, ¿creyó que no iba a superar un cuadro de fiebre y salir de casa para llevarle flores a mi marido? Por nada del mundo pensaba en dejar de visitarlo. Le llevé flores y me puse a llorar. Pensé que no iba a volver a llorar por él, pero sé que algún día nos vamos a reencontrar. Nada, ni una masacre, ni la injusta muerte, ni las balas ni el odio de los asesinos, a quienes perdoné, podrá interponerse entre el amor que aún me une con Carlos.

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